En el ámbito del liderazgo organizacional, muchos líderes se sienten cómodos en la sensación de tener todo bajo control y, desde esa posición de seguridad, descartan la posibilidad de enfrentar una crisis. A lo largo de mi carrera, he escuchado repetidamente frases como: “Es imposible que nos pase”, “Tenemos todo bajo control” o “Sabemos exactamente qué hacer”. Sin embargo, hoy, aquellos que alguna vez pensaron de esta manera deben estar en estado de shock al observar lo que está ocurriendo con la organización Estado de Chile.
El reciente colapso del sistema eléctrico en Chile, con dos crisis ocurridas en solo siete meses, es un claro ejemplo de un fracaso organizacional de gran magnitud. Este tipo de crisis tiene repercusiones profundas en áreas fundamentales como la reputación, las finanzas, las operaciones y, lo más importante, la confianza pública. Si esto ocurriera en una empresa privada, las consecuencias serían inmediatas y severas: los responsables —en este caso, el CEO y los gerentes encargados— serían desvinculados de manera inmediata. La presión para actuar en estos casos es insostenible, y la falta de acción, inexcusable.
El impacto financiero sería devastador. La caída en la bolsa, el deterioro de la evaluación de riesgo y la pérdida de confianza por parte de inversionistas y entidades financieras marcarían el inicio de una crisis aún mayor. Las decisiones estratégicas quedarían comprometidas, y la estabilidad económica de la organización estaría en juego.
Por otro lado, una crisis interna sería igualmente destructiva. La incertidumbre aumentaría entre los empleados, la credibilidad del liderazgo se vería erosionada y, lo peor de todo, los equipos de trabajo estarían sumidos en una profunda desconfianza hacia quienes lideran. En un escenario como este, es común que los líderes más valiosos abandonen la organización, ya que nadie quiere formar parte de una estructura debilitada donde la capacidad de anticiparse, reaccionar y comunicar con transparencia está en duda. Este fenómeno puede desencadenar una cadena de renuncias que hace aún más difícil la recuperación.
Además, el daño a la reputación de la organización sería casi irreversible. Años de esfuerzo, trabajo y alineación de equipos se desmoronarían en cuestión de meses, dejando a la organización en una posición vulnerable ante sus clientes, stakeholders y la sociedad en general. La confianza, un activo invaluable para cualquier organización, se destruiría por completo, lo que dificultaría enormemente la reconstrucción.
El punto clave aquí es el costo incalculable de no asumir con seriedad la preparación ante una crisis. Muchas organizaciones se enfocan exclusivamente en los resultados a corto plazo y pasan por alto la necesidad de contar con planes de contingencia sólidos, de crear una cultura de resiliencia organizacional y de asegurar que los líderes estén preparados para enfrentar lo inesperado. Esto no es un lujo, es una necesidad. La capacidad de anticiparse, adaptarse rápidamente y comunicar con claridad en momentos de crisis es lo que distingue a las organizaciones que sobreviven de las que se derrumban.
Aunque el Estado de Chile es una organización compleja y diferente a una empresa privada, las lecciones que podemos aprender son claras. La gestión de crisis y la responsabilidad en el liderazgo no entienden de contextos. Las consecuencias de una mala gestión durante tiempos de adversidad no solo son financieras; afectan la cultura organizacional, la moral interna y, sobre todo, la percepción externa. En el mundo corporativo, la falta de acción ante una crisis podría significar la salida inmediata de los líderes responsables. Las empresas no tienen espacio para el error, y el mismo principio debería aplicarse al Estado y a cualquier otra organización, independientemente de su naturaleza.
En conclusión, la diferencia entre una organización pública y una privada en tiempos de crisis radica en las consecuencias inmediatas y severas que enfrentan los líderes. El costo de no estar preparados es un precio que pocas organizaciones pueden permitirse pagar. La clave está en la anticipación, la comunicación clara y la capacidad de tomar decisiones difíciles cuando más se necesita. Si esta realidad no se asume con seriedad, lo que ocurre es que los líderes terminan siendo despedidos, tal como debería ser.
https://www.linkedin.com/posts/mariateresariverosfasciani_crisis-manejodecrisis-reputaciaejn-activity-7300839731188166656-Gwan?utm_source=share&utm_medium=member_desktop&rcm=ACoAAAJGXXQBsykhAQxJu2aLUV8e_ZnOJYkNl6Q



